miércoles, 10 de febrero de 2010

Con un PenDrive al cuello

A nadie debiera sorprender el hecho de que muchos ministros del futuro gabinete del gobierno Piñera estén ligados a grandes intereses económicos. El gobierno de la derecha cristaliza, precisamente, el maridaje entre el Estado y el capital. Esta constatación que, a primera vista pudiera parecer académica y teórica, dejará de serlo en cuanto los nuevos rostros ministeriales orienten las políticas públicas hacia un fortalecimiento del mercado en todos los ámbitos de la vida social y económica del país.

Se equivocan quienes creen advertir en el “Team Piñera”, un énfasis tecnocrático en desmedro de lo propiamente político. Estamos frente a un equipo que va a ejecutar, de manera fría y eficiente, las decisiones políticas de un gobierno empresarial. Se equivocan también quienes estiman que este nuevo gobierno va a debilitar al Estado a favor del mercado, por el contrario, de lo que se trata es de poner las políticas y la institucionalidad del Estado al servicio del gran capital, nacional y extranjero, inspirado en el credo neoliberal.

El gabinete del señor Piñera presente una gran homogeneidad política y social, se trata, en rigor, del gobierno de “la derecha”. Cada uno de los nominados está ligado genéticamente a la “clase alta”. La racionalidad política que inspira al gobierno de Piñera – no obstante - hace que sus ministros sean, más allá de sus méritos personales, figuras subalternas. Cada uno de los ministros ha sido convocado como director de probada experiencia en grandes empresas o académico con pergaminos en los “Think Tanks” del liberalismo. A cada uno de ellos se le ha colgado al cuello un PenDrive en que está codificada en lenguaje digital la voluntad política de la derecha chilena en este año bicentenario.

Entre todos los nuevos ministros, hay un caso de excepción. Se trata de un concertacionista reconocido que ha tomado la decisión de renunciar a su partido para integrar el elenco piñerista. Como suele ocurrir con personajes que cambian de tienda política de manera tan súbita como impensada, deben cargar con un aura de desconfianza, tanto entre quienes lo ven alejarse como entre quienes acogen al advenedizo. Se advierte en el nuevo gobierno la astuta estrategia de atraer a un democristiano a sus filas como un modo de mostrar y demostrar la transversalidad de un mandato de “unidad nacional”.

La presentación del nuevo gabinete que entrará en funciones a partir del 11 de marzo en nuestro país, ha dejado en claro quienes van a gobernar Chile los próximos cuatro años. Para quienes pudieran pensar que la connivencia entre el Estado y el capital es una pura abstracción, debieran revisar la lista de empresas ligadas, de manera directa o indirecta, al nuevo gobierno, incluido el primer mandatario electo, y que incluyen clínicas privadas, gigantes del retail, grandes empresas de la minería, empresas de comunicaciones, empresas de inversiones y aerolíneas, entre muchas otras.




martes, 2 de febrero de 2010

Oposición y Diferencia

Asegurada la primera magistratura, los líderes de la derecha chilena llaman a los vencidos a reeditar una “democracia de los acuerdos”. El argumento es falaz e interesado, pues bajo la apariencia de una posición generosa e inspirada en el bien del país, se oculta su claro propósito: Desarticular la unidad de los opositores, restándoles algunas figuras y obligándoles a responder políticamente al llamado.

Como resulta obvio, un gobierno de derecha en nuestro país modifica la correlación de fuerzas entre los sectores empresariales, neoliberales herederos del pinochetismo, y una disgregada centroizquierda democrática. La derecha ha planteado un primer desafío, debilitar al máximo a la oposición para garantizar al nuevo gobierno un parlamento propicio a sus programa que incluye, por cierto, temas polémicos. La derecha necesita conformar mayorías parlamentarias para llevar adelante su programa de “modernizaciones” y, para ello, le resulta indispensable neutralizar por todos los medios a la izquierda, dentro y fuera de la Concertación.

En una democracia sana no se descartan, desde luego, los acuerdos. Para ello existen partidos políticos responsables ante la ciudadanía que actúan en comisiones del parlamento, para ello existe – o debiera existir – el debate ciudadano. Otra cosa muy distinta es que personas por iniciativa propia adhieran al nuevo gobierno. Una actitud tal desnaturaliza el concepto mismo de “acuerdo político” y bien pudiera confundirse con “complicidad”. Por último, hagamos notar que una “política de acuerdos” no puede ser planteada de manera vaga y difusa como un vector político carente de contenidos. Se establecen acuerdos sobre cuestiones concretas, en contextos históricos determinados y con interlocutores legítimos. En política, los acuerdos son más bien el resultado de negociaciones y no un principio que preside el desarrollo de los acontecimientos.

Es claro que la coalición saliente no ha sido mandatada para regir los destinos del país, sin embargo, tiene sobre sus hombros la responsabilidad histórica de representar a todos los compatriotas que se oponen al rumbo que se le quiere imprimir a este país. La oposición democrática debe cumplir un papel fundamental en los años venideros, fiscalizando las políticas públicas que se implementen desde La Moneda, asumiendo cabalmente su rol como un poder del Estado, de manera crítica y de cara a la ciudadanía. Chile ya ha conocido la “política de los acuerdos”, un eufemismo que utilizó la derecha para poner límites, por más de una década, al desarrollo de la democracia en nuestro país. Reeditar aquellas prácticas sería una muy mala señal que sólo indicaría que no se avanza en el plano político.

Todos aquellos partidos y movimientos que, en el actual contexto, asumen la condición opositora tienen la responsabilidad política y moral de cautelar los avances democráticos frente a cuestiones tan sensibles como los Derechos Humanos, leyes medioambientales y legislación laboral, por ejemplo. Durante dos décadas la derecha chilena ha sido un obstáculo a cualquier política democratizadora, oponiéndose tenazmente a reformas constitucionales de fondo, defendiendo la herencia del dictador. La dicotomía democracia – dictadura persiste en nuestra vida política mientras el libreto constitucional siga siendo el mismo.

El llamado del mandatario electo a una “política de los acuerdos” como fundamento de un “gobierno de unidad nacional”, es más una astuta operación política destinada a debilitar a la oposición naciente que otra cosa. Ante el propósito natural de la derecha para prolongar su presencia en el poder más allá del gobierno de Piñera, no está demás recordar que las estrategias y políticas de la oposición que ya comienzan a delinearse determinarán, quiérase o no, su identidad que se juega en la “diferencia” y, consecuentemente, su capacidad de enfrentar a la derecha en los procesos electorales de los próximos años.

viernes, 29 de enero de 2010

Piñera sin anestesia

La noche del 17 de enero, muchos de los entusiastas adherentes de la triunfante candidatura de la derecha, encabezada por el multimillonario empresario Sebastián Piñera, eran trabajadores que ganan el sueldo mínimo de poco más de doscientos dólares mensuales y otros cuantos, simplemente, jóvenes desempleados. Todos ellos, víctimas de una legislación laboral concebida durante la dictadura, cuyo cerebro fue nada menos que José Piñera, hermano del candidato ganador, ex funcionario del régimen de Augusto Pinochet.

La paradoja se hace evidente cuando el actual presidente electo, pasado ya el tiempo de la anestesia demagógica electoralista, plantea entre sus prioridades una reforma laboral que termina con los últimos beneficios para los trabajadores que todavía persisten en la actual legislación como la indemnización por años de servicio. Como era de esperarse, los dirigentes empresariales justifican y aplauden las medidas tendentes a fortalecer el capital en desmedro de los trabajadores.

En el lenguaje de la derecha, términos como “modernización” y “cambio”, significan una acentuación del “modelo chileno”, es decir, un ajuste neoliberal para dinamizar la economía sin mayores trabas. En pocas palabras, la vieja receta de aumentar las ganancias de las grandes empresas, disminuyendo los salarios y los derechos de la gran mayoría de los chilenos. Todo ello con la bendición de grandes burocracias de nivel mundial que expresan los intereses de corporaciones multinacionales. Chile ha sido admitido, recientemente, a la OCDE, el “club de países ricos”, una membresía que ya exige las primeras condiciones. Según los argumentos de un alto funcionario de dicho “club”, los trabajadores de nuestro país tienen una protección tan alta, con un elevado costo en los despidos que se hace difícil contratar. Por lo tanto, se hace imprescindible la “flexibilización laboral”.

Estas son malas noticias para todos los ingenuos que creyeron en los cantos de sirena de la candidatura de derecha y le dieron una mayoría en las últimas elecciones. Pero también son malas nuevas para los miles de trabajadores chilenos que verán, una vez más, postergadas sus aspiraciones de una vida más digna. El actual gobierno de la señora Bachelet, tiene la posibilidad de tomar algunas medidas en el plano legislativo para evitar que los sectores más retrógrados del empresariado impongan sus criterios.

Una última iniciativa gubernamental en torno a la legislación laboral, sería también una de las primeras medidas como coalición opositora. Un indicio claro de que más que una “política de acuerdos” con la derecha, en la hora presente se impone la política de una oposición democrática en defensa de los derechos fundamentales de las mayorías. Si bien es cierto, el margen legal que permite la actual constitución es limitado, el gesto político de la actual mandataria para con los trabajadores chilenos adquiriría una importancia histórica.










jueves, 28 de enero de 2010

Nuevos Tiempos

Konstantinos Kavafis, en un hermoso poema titulado “Los sabios y los hechos que se aproximan”, inspirado en Filóstrato, escribe: “Los hombres conocen los hechos que ocurren al presente/ Los futuros los conocen los dioses, plenos y únicos poseedores de todas las luces/.De los hechos futuros los sabios captan aquellos que se aproximan”. Escrutar el mañana ha sido, desde siempre, la pretensión de adivinos y futurólogos, lo único reservado a los cientistas sociales, empero, es atender a las tendencias soterradas en el presente, verdadero vértice de un cono temporal que inaugura un horizonte de sucesos.

El reciente triunfo de la derecha chilena entraña, por cierto, algunos rasgos que ya conocemos. A diferencia de sus congéneres históricos, nuestra derecha actual está ligada, quiérase o no, a un diseño matriz heredado de una dictadura militar. Puede alegarse que no todos sus personeros aparecen ligados a tan infausto periodo de nuestra historia, podría reclamarse, incluso, que la figura del Presidente electo pertenece más bien al ala liberal de dicho sector, inspirado más en el pragmatismo empresarial de corte cosmopolita que al estilo cruento de Augusto Pinochet. No obstante todo lo anterior, es innegable que el diseño constitucional, político y económico, sigue anclado a aquel triste pasado.

Es cierto que no todos los representantes de la derecha son, de buenas a primeras, unos nostálgicos del dictador. Sin embargo, muchos de sus más conspicuos líderes forjaron su imaginario político entre las antorchas de Chacarillas. Todo ello plantea una serie de interrogantes y dudas acerca del despliegue político estratégico del primer gobierno de la derecha en tiempos democráticos. Si bien durante la campaña electoral se han hecho una serie de promesas de carácter populista, persiste el temor ante temas tan sensibles como la privatización de Codelco o la llamada “flexibilización laboral”.

El nuevo gobierno de la derecha que se instalará en las próximas semanas en nuestro país interrumpe un proceso iniciado en los años noventa e inaugura un vector otro. Tal como han anunciado sus portavoces, se intenta dinamizar el “modelo chileno” instalado en los años ochenta, apostando al crecimiento económico y a la generación de empleos. Con la salvedad de que el mundo de hoy no es el mismo de hace dos décadas, tampoco lo es el país. Hasta el presente, el mentado modelo y su correlato constitucional han producido una sociedad profundamente injusta y desigual, una democracia muy débil.

El próximo gobierno de derecha se ha presentado ante el país como el remedio adecuado a los desaciertos de sus predecesores. Nada indica que un gobierno manejado por empresarios derechistas pudiera, por sí mismo, modificar las cuestiones fundamentales que aquejan al país. Por el contrario, los primeros indicios de estos nuevos tiempos son inquietantes y llenos de incertidumbres, haciendo temer a muchos que la medicina puede resultar peor que la enfermedad. Como ya lo dijo el gran poeta: “El misterioso rumor les llega de los acontecimientos que se aproximan. / Y atienden a él piadosos. Mientras en la calle afuera, nada escuchan los pueblos”.

miércoles, 6 de enero de 2010

Sandro de América

Nadie como Sandro ha sabido cristalizar en sus canciones el alma melodramática de Latinoamérica. Desde Carlitos Gardel, pasando por Lucho Gatica, y hoy Juan Gabriel o Marco Antonio Solis; “Sandro de América” ha sido capaz de expresar un cierto imaginario profundo de la cultura de arrabal. Tangos, boleros, baladas y rancheras han recreado ese mismo talante. América Latina se deleita en las amarguras y tribulaciones del amor contrariado, en las penas del despecho, en las lágrimas de amor desesperado: “¡Dame el amor, dame la vida!”.

Como en la novela rosa, el protagonista es el amor y, ciertamente la mujer. La mujer, humillada en la vida social, lanza su estocada mortal al “macho” con su mejor arma, el deseo y el amor. El mayor exponente mundial de este género es, sin duda, Charles Chaplin quien plasmó su talento en su inolvidable filme “City Lights”, donde “La violetera” resuena contra el silencio, mostrándonos en todo su esplendor los brillos del melodrama

Alimento cotidiano de millones de mujeres sencillas para sus más afiebradas fantasías, el lirismo melodramático ordena y prescribe el mundo emocional latinoamericano. Lo melodramático es, ineluctablemente, cursi y con aromas de pachulí, he ahí su singularidad y su encantamiento. Ella como objeto del deseo alimenta el empalagoso almíbar del melodrama: ““Tus labios de rubí de rojo carmesí…”

El sufrimiento es parte constitutiva del relato melodramático. Tanto en las canciones como en el radioteatro y las telenovelas se apela a situaciones rebuscadas para provocar el llanto: por ello se habla de “picar cebollas”. De algún modo, se regresa a la narrativa infantil de buenos y malos: una angelical muchacha ciega, por ejemplo, es maltratada por su madrastra, como en Cenicienta. Cada canción es un episodio “cebolla”, una situación límite: “Penas y penas y penas hay dentro de mi…”

A diferencia de otras culturas, en que lo melodramático también está presente como “soap opera” o “culebrones”, y en figuras como Sara Montiel cuyo tema “El relicario” es ya inmortal; En nuestras tierras el melodrama constituye un código cultural básico. El melodrama se canta y escenifica con una lágrima en la garganta. Sus motivos recurrentes lindan con el sagrado amor a la madre, la “vieja”, la erótica prostibularia, el “macho herido”, el amor imposible, entre muchos. “Arráncame la vida de un tirón que el corazón ya te lo he dado…”

Hay una concomitancia evidente entre la cultura popular melodramática y las formas políticas populistas latinoamericanas, asentadas, precisamente en dicho imaginario. Todo caudillo latinoamericano es, consciente o no de ello, el protagonista de una “cebolla” historia de amor con las masas plebeyas que le siguen. No podemos olvidar que todo caudillo se identifica con su pueblo desde códigos emocionales preconscientes, allí se verifica la alquimia de su atractivo.

Visto como pura exterioridad, el melodrama es estéticamente “kitsch”. Ello no da cuenta, sin embargo, de la genuina experiencia emocional que supone esta variante estética. Se trata, qué duda cabe, de cuadros emocionales de trazos gruesos y colores primarios, sin matices. El melodrama es la “inteligencia emocional” de las masas en Latinoamérica. Por ello, Sandro es hoy objeto de culto como uno de los mayores exponentes de esta forma de arte.

Sandro, al igual que Gardel y Lucho Gatica, pertenece a toda Latinoamérica, pues los tangos, boleros y rancheras se escuchan en cada casa humilde de este continente, delineando un imaginario que se ha trasmitido de madres a hijos en cada generación. Como un soterrado código emocional y sólo comparable a la religión, el vino del melodrama se bebe en una copa rota que hiere los labios: la “cebolla” es uno de los pilares de nuestra cultura y Sandro de América, ya la ha cantado para siempre. : “Arráncame la vida de un tirón que el corazón ya te lo he dado. Apaga uno por uno sus latidos, pero no me lleves al camino del olvido”




domingo, 28 de junio de 2009

TODOS SOMOS HONDUREÑOS

El siglo XX se caracterizó en América Latina por una larga rotativa de Golpes de Estado. La irrupción de los militares era parte del paisaje político de estos países. Lo que llamaba la atención era, por el contrario, la existencia de algunos breves pero intensos paréntesis democráticos en la región. Esta situación tiende a cambiar en el presente siglo. Tras el ocaso de las dictaduras del Cono Sur y las Guerras Civiles que asolaron a Centroamérica, las ideas de Derechos Humanos y respeto a la democracia comenzaron a tener algún sentido moral y político.

Por esta razón, las inquietantes noticias provenientes de Tegucigalpa sobre un Golpe de Estado contra el presidente constitucional de Honduras golpean en toda la región como un lamentable retroceso. Los Golpes Militares repugnan a la conciencia latinoamericana como fórmula de imponer soluciones políticas de facto. En este sentido, frente al secuestro del presidente constitucional de una nación hermana como Honduras, todos somos hondureños.

El repudio a la intentona golpista en Honduras es una defensa de la democracia en nuestro continente. Frente a esta afrenta a la democracia no hay términos medios: la intromisión de los uniformados en contra de su propio pueblo en cualquier país latinoamericano es política y moralmente inaceptable y representa una ofensa y una amenaza para todos los pueblos de la región. Es hora de que los militares hondureños sepan que ninguna de sus acciones quedará impune y que los gobiernos democráticos de América Latina no permitirán esta violación a los más elementales derechos políticos.
La actitud de los gobiernos y los organismos supranacionales frente a la amenaza que hoy se cierne sobre los hondureños es trascendental para el futuro inmediato. Si se permite que un grupo de conjurados se haga con el poder en este pequeño país de nuestra América, estamos abriendo la puerta a viejas prácticas que hemos querido desterrar estas últimas décadas. El mensaje a los enemigos de la democracia, en este siglo XXI, debe ser claro y contundente: Nunca más Golpes de Estado en América Latina. Luchamos por décadas para dejar atrás para siempre el sanguinario legado de Somoza, Pinochet, Videla y tantos otros.

En esta hora crítica para el pueblo hondureño es el momento de levantar nuestra voz, para impedir que una minoría en defensa de sus intereses aplaste la voluntad popular. Es el tiempo histórico de activar todas las organizaciones regionales para impedir que un grupo de aventureros con uniforme consume este ataque a la democracia en nuestro suelo. Cualquier otra actitud débil representa una amenaza para otros pueblos el día de mañana, como Bolivia, Paraguay o Ecuador.

El respeto de los cauces democráticos y de todos los derechos ciudadanos debe estar garantizado no sólo por la constitución nacional de nuestros países sino por la comunidad de naciones hermanas. Una efectiva “soberanía democrática latinoamericana” es el primer paso a la consolidación de una Patria Grande, tal como soñaron los próceres de nuestra independencia en el siglo XIX.







martes, 21 de abril de 2009

La Biblioteca de Babel

Por estos días se celebra en todo el mundo el Día Internacional del Libro, ocasión propicia para reflexionar, precisamente, sobre esta forma de transmitir la cultura: los libros. Desde todas partes del mundo se escuchan voces que anuncian el ocaso del libro frente a las nuevas tecnologías digitales. Es ya una práctica corriente leer autores en formato PDF que se encuentran en forma gratuita en la red. El movimiento mundial “copyleft” promueve, precisamente, esta multiplicación de lo virtual. Una nueva era se está abriendo paso en todo el planeta.

Digamos de entrada que lo que pareciera estar en crisis es un formato impreso que, hasta hoy, hemos llamado libro. La cuestión es que el mismo texto puesto en formato PDF u otro similar se convierte en un “eBook”, un libro virtual. El soporte digital, como sabemos, aumenta exponencialmente el almacenamiento y permite un tratamiento automatizado e instantáneo de la información. Y como dato anexo, no menor, se trata de una información disponible para todos a un coste mínimo, acaso gratuito.

En las grandes ferias de Europa ya se detecta un desplazamiento de los productos editoriales a formatos digitales, estimándose que en la próxima década éstos superarán las tradicionales páginas en papel. Para advertir de qué se trata esta “revolución virtual”, compárese un artículo publicado en alguna revista de divulgación científica en nuestro país, cuyo tiraje promedio no supera los mil ejemplares, con el mismo artículo puesto en alguna página Web medianamente reconocida, multiplicando por cien el número de lecturas en el plazo de un año.

El libro, objeto emblemático de la era gutenberguiana, tardó tres siglos en convertirse en un objeto relativamente masivo. Esto es, desde la invención de la imprenta hasta la Enciclopedia a fines del siglo XVIII. El “eBook” se ha popularizado, entre universitarios y cibernautas, en poco más de una década. Las nuevas tecnologías han diseminado el saber y la entretención a niveles nunca antes conocidos. Fenómenos como el “periodismo virtual” en todos sus matices, los “blogs”, junto a muchas “bases de datos” y, desde luego, las bibliotecas virtuales están mutando lo que entendemos por cultura.

Para muchos, leer un libro impreso, es una práctica insustituible. Hay en ello algo de cierto, la lectura de un libro es mucho más que la decodificación de signos. El objeto libro es de suyo un dispositivo sensorial que predispone a la lectura. No obstante, las nuevas tecnologías tienden cada vez con mayor perfección a “imitar” el libro impreso, al punto de disponer del dedo índice para ir pasando las páginas, sumando a ello, una serie de ventajas multimediales inimaginables en el formato de papel.

Para América Latina, cuya cultura ha sido configurada en muchos de sus aspectos, según la feliz expresión de Ángel Rama, como una Ciudad Letrada, las mutaciones en curso resultan de la mayor trascendencia. En la actualidad, transitamos desde aquella ‘ciudad letrada’ a una ‘ciudad virtual’. Ciudad letrada: matriz lecto-escritural barroca que resulta ser la impronta política y cultural de nuestras sociedades durante varios siglos, forjando con ello nuestras instituciones tanto coloniales como republicanas y nuestras percepciones más profundas acerca del espacio, el tiempo y, sobre todo acerca de nosotros mismos. Ciudad virtual, incierta y ambivalente, abismo y promesa, vértigo de flujos que desafía nuestra memoria, lenguaje extraño como el de los antiguos Conquistadores, imágenes refulgentes como las espadas y crucifijos de antaño. Ya no son relinchos ni cañones sino tecnoimágenes digitalizadas que destellan en tiempo real sobre plasmas multicolores. Es la nueva Biblioteca de Babel con sus infinitos anaqueles la que nos convoca.